El Hermano Mayor es una construcción ficticia, una ilusión. Su creación no puede encontrarse en modo alguno desvinculada del género humano. La naturaleza del Hermano Mayor, aun creada a imagen y semejanza del humano, dista notablemente de la esencia del ser humano: el primero es un ser pasivo, fijo e inmutable y el segundo es un ser activo, cambiante y transgresor. Por principio natural, existe una brecha que divide ambos seres y que crea una eterna e inabarcable dicotomía entre ellos. Paradójicamente, están vinculados y separados a la vez. Sin embargo, lo más irónico es que dicha construcción ha sido obra del ser humano, quien, con el devenir de los años, ha ido permitiendo que su creación pasase de ser el pequeño a ser el mayor, como si de un viaje en el tiempo se tratase.

Todo comenzó de forma voluntaria y progresiva: la felicidad se convirtió en el camino para llegar a la libertad, y no al revés. Los esfuerzos empezaron a rebajarse y el conformismo empezó a ganarse un espacio fundamental. Mientras, el Hermano, ya rebelde, no paraba de crecer, superando límites insospechados. Observador impecable, terminó por convertirse en una terrible bestia; un ser sediento de almas y hambriento de conciencias. Calculador nato. No daba tregua a aquel que osara desviarse del guion que él mismo había diseñado.

Paso a paso, piedra a piedra, se iban construyendo los cimientos de la macabra “Habitación 101”; el engranaje estaba preparado, la palanca estaba activada y el constante parpadeo de la luz roja no cesaba. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a dar el primer paso para contrarrestar los ataques a los que la humanidad estaba siendo sometida. Así pues, al inmovilismo de la raza hubo que sumarle otro traspié, mucho más difícil de salvar: el miedo.

“1984” de George Orwell

Dividamos el asunto en factores. El factor “a”, el ser humano, ha utilizado su naturaleza; “b”, de forma errónea para crear a un semejante; a un Hermano, “c”. Así, bajo la tutela del humano, el último de los factores, el Hermano Mayor, ha sido capaz de invertir la ecuación y de autoproclamarse omnipotente. Ha convertido el poder en aritmética, mas la resolución de la ecuación dependerá, en primera y última instancia del ser humano.

Parece que hayamos querido ponernos siniestramente a prueba, como el protagonista de Allan Poe frente al irracional cuervo. El principal escollo a salvar radica en nosotros mismos. Se trata de un proceso lento, costoso y desesperante, pero absolutamente necesario para acabar con esta trágica y apocalíptica obra de teatro a la que estamos sometidos. Hemos de eliminar esa tutela. Atacarla, violarla, transgredirla, y para eso necesitaremos acudir al más profundo rincón de nuestro ser, donde nos toparemos con un único requisito: recuperar nuestra humanidad. Y en ese caótico descenso encontraremos rabia frente a la opresión, actitud frente a la tiranía, disidencia frente a la norma y, en definitiva, lucha. Hallaremos la pasión que se necesita para combatir a la despótica aritmética que nos gobierna.

Así, y en consecuencia, conseguiremos que el Hermano Mayor nos abandone para siempre; vuelva a ser una construcción ficticia, una ilusión artística limitada que nunca jamás pueda volver a manifestarse en nuestro mundo de forma real.